Difícil este deseo de morder
la noche y no romperse
a llorar tu ausencia. Difícil
la curva de tu silencio
despidiéndose de mi vértigo
breve que escapa.
Difícil buscar y no encontar
en mi boca tu boca.
En mi vientre tu manos.
En mi espalda tu sueño.
miércoles, 14 de julio de 2010
miércoles, 16 de junio de 2010
martes, 8 de junio de 2010
Entre dos aguas
RESULTA UN TANTO EXTRAÑO nadar entre dos aguas -aunque sepa anecdótica la circunstancia-; verse a uno mismo a medio camino de todo, entre el regreso y la despedida, entre la buena esperanza y la desolación ajena, entre lo extraordinario que es sentirse vivo y lo miserable de algunas existencias; sin saber muy bien qué sentido tiene detenerse en este punto inexacto y ambiguo que es el mundo, convertido tantas veces y a la fuerza en un lugar inhabitable en el que se nombra continuamente a Dios sin que esté presente. Pero al ser humano lo define la contradicción, es un ser colectivo, social, de manada, que, sin embargo, siente individualmente el peso de su propio destino y es capaz de pensar y elegir, de levantarse y reconstruir cualquier ruina, de nacer y morir sin ayuda de nadie.
En estos días plomizos en los que se inicia junio ando yo un tanto así, contradictoria; de esta manera extraña miro alrededor y me miro a mí misma; de igual forma, un tanto descreída, retengo la sonrisa inesperada que me surge de dentro y cuido cariñosamente de esta piel nueva que he mudado. Atesoro palabras viejas que hoy me suenan rotundas y hermosas, como colores indescriptibles que no quiero gastar dibujando el paisaje que los otros anhelan. De este lado, ando yo, así, confiando, dejándome amar por quien bien me quiere, buscando la sombra de los árboles somnolientos que habitan aún como un milagro las calles que transito, caminando despacito y con gusto, saludando a los que tienen ganas de mirarme a los ojos y abren sus portales para compartir el aire fresco. Del otro lado, me mantengo equilibrista en el silencio, empecinado y solo. No doy pan a perro ajeno. Que cada uno rebusque en su baúl, en sus recuerdos, en su horizonte, y rescate lo que aún le sirva y deseche lo que ya olvidó. Que cada uno decida por sí solo qué stop va a saltarse para cruzar la calle o qué colores querrá usar para pintar su casa; si está en disposición de tirar piedras sobre los tejados y salir corriendo. Yo ya no tengo edad para esconderme.
En estos días plomizos en los que se inicia junio ando yo un tanto así, contradictoria; de esta manera extraña miro alrededor y me miro a mí misma; de igual forma, un tanto descreída, retengo la sonrisa inesperada que me surge de dentro y cuido cariñosamente de esta piel nueva que he mudado. Atesoro palabras viejas que hoy me suenan rotundas y hermosas, como colores indescriptibles que no quiero gastar dibujando el paisaje que los otros anhelan. De este lado, ando yo, así, confiando, dejándome amar por quien bien me quiere, buscando la sombra de los árboles somnolientos que habitan aún como un milagro las calles que transito, caminando despacito y con gusto, saludando a los que tienen ganas de mirarme a los ojos y abren sus portales para compartir el aire fresco. Del otro lado, me mantengo equilibrista en el silencio, empecinado y solo. No doy pan a perro ajeno. Que cada uno rebusque en su baúl, en sus recuerdos, en su horizonte, y rescate lo que aún le sirva y deseche lo que ya olvidó. Que cada uno decida por sí solo qué stop va a saltarse para cruzar la calle o qué colores querrá usar para pintar su casa; si está en disposición de tirar piedras sobre los tejados y salir corriendo. Yo ya no tengo edad para esconderme.
lunes, 31 de mayo de 2010
He mudado la piel y los sueños.
Tras el paisaje sosegado de finales de mayo releo
mis angustias, cansinas, pobrecitas, frágiles.
Respiro mar, y blanco, y palabras que me alimentan.
Respiro limones, pájaros, el frescor de la tarde, la luna distanciada,
casi desconocida. He logrado ralentizar mi latido, sobreexcitado. Me sobrevuelo curiosa, y me miro lejana. Qué falta me hace volver.
Tras el paisaje sosegado de finales de mayo releo
mis angustias, cansinas, pobrecitas, frágiles.
Respiro mar, y blanco, y palabras que me alimentan.
Respiro limones, pájaros, el frescor de la tarde, la luna distanciada,
casi desconocida. He logrado ralentizar mi latido, sobreexcitado. Me sobrevuelo curiosa, y me miro lejana. Qué falta me hace volver.
jueves, 15 de abril de 2010

Desde que enviudó comenzó a sentir un vacío tan negro que a penas podía levantarse de la cama cada mañana. Conciliaba el sueño a duras penas, después de horas y horas de darle vueltas a la misma angustia. Sus hijos hacía muchos años que habían volado. A penas los reconocía, cargados de obligaciones y usuras. Un calendario demasiado apretado para ceder una de sus páginas llenas de citas a ella, que los había parido y criado y querido. Toda una vida de duro trabajo resumida en una casa vacía, oscura, fría, irreconocible ya como propia. Hasta los buenos recuerdos habían cruzado la puerta una de esas mañanas y se habían escapado a otro lugar sin tan siquiera despedirse.
Se encontraba cansada, sola, triste, derrotada. Demasiado vieja para albergar un porvenir.
Durante las noches de insomnio (todas) empezó a trenzar una soga con las camisas y los pantalones de su difunto marido. Durante estos ocho años no había querido desprenderse de ellos, no por apego si más bien por costumbre. Procuró alternar colores oscuros (predominantes) con los pocos salmón o azul claro que encontraba en el armario. En una semana, justo cuando se cumplía su cincuenta aniversario de boda, la dio por concluida. Guardó los trapos sobrantes. Cerró los ojos aliviada. Por primera vez en mucho tiempo sintió que su cuerpo se abandonaba al sueño. Y durmió, plácidamente, sin sobresaltos, sin penas, sin esa angustia inseparable, como ese vaso de agua que siempre encuentras en la mesilla.
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