jueves 19 de noviembre de 2009

Incansablemente la miro. Sin que ella lo advierta, memorizo sus arrugas, sus ojos transparentes, sus escasas sonrisas, sus cuentos, sus recuerdos. Ha pasado el tiempo para ella, para mí, para todos. La vida misma ha ido pasando, doblegando su memoria, confundiendo sus movimientos, los nombres, las fechas, lo que hizo o no hizo hace un momento. Desgaste neurológico importante, diagnostica el especialista, que se afana en encontrar un nombre que etiquete lo que va a ser de ella de aquí en adelante. He dejado de tener miedo. La veo alegre, encendida, bella, como si con todo lo anterior le hubieran confiscado también pesados equipajes que nunca necesitó. Transita entre la lucidez y el despropósito, entre el sueño y el insomnio, entre la añoranza y el reencuentro.

lunes 16 de noviembre de 2009

La letra minúscula de esta tarde me advierte
que no estoy preparada para una nueva tormenta.

sábado 7 de noviembre de 2009

Hay desiertos en los que ya nadie predica y espejismos que se venden solos.
Hay batallas que se repiten en el tiempo como un eco nefasto y luchas que nunca se iniciaron. Hay certezas que se ignoran y mentiras que apuntalan el mundo.
Hay olvidos imposibles y recuerdos desmemoriados.

jueves 29 de octubre de 2009





No entres, pero no salgas...

Quédate un poquito más...

Háblame.

De ti...
De la luna...
De los océanos...
De los viejos pescadores de tu infancia...
De la lluvia tras tus ventanas...
De esa extraña tristeza que es tu sombra...
De los amaneceres sin sueño...
De los sueños...

No entres, pero no salgas...
Aún no.
Quédate un poquito más...
Y háblame...

miércoles 28 de octubre de 2009






* Esta entrada está dirigida a La inspiración 2.0. No he podido dejarte un comentario. Por h o por b no he podido. Así que utilizo el olvido para recordarte. Ha sido mucho más que un placer leerte. Deseo que te vaya bonito. Que sigas creciendo. Y te agradezco todo lo dado. Un tesoro. Te echaré de menos.

sábado 24 de octubre de 2009





Queríamos ser puentes tendidos, estrechados
cuerpos con un dialecto único,
manzanas mordidas sobre el escritorio
de una tarde de agosto. Caminábamos
sin brújula, con la vista puesta
en el mañana, tan extenso el horizonte
que nos cabía en las manos.
Queríamos ser un silencio entendible,
el rostro anónimo que sonríe en el cruce
de una calle al tropezarnos de frente,
la carta urgente que viaja en tren hasta la noche,
el amor sin causa que se dejaba mojar
bajo una lluvia imposible. Nunca
dejamos de creer que algo distinto
nos estaba esperando en los tristes portales
de la vida.

jueves 22 de octubre de 2009

La sordera



AL SER HUMANO le cuesta escuchar, y por ende escucharse a sí mismo. Rinde culto al ruido, pero no aprecia el sonido, la melodía, el silencio; le molesta la interferencia ajena, pero con la misma elogia la palabra fácil, sin sustancia; se deja seducir por las alabanzas que nutren el ego o la soberbia, pero digiere con dificultad las críticas o la verdad de los otros que no son él; pretende conocer el mundo, resolver las ecuaciones diarias, pero no tiene tiempo para detenerse en las interrogaciones o en las dudas. El ser humano no sabe escuchar. O no quiere. O no le hace falta. El ser humano está solo porque ha olvidado demasiadas cosas en un trayecto que no tiene destino. Y corre el riesgo de quedarse sordo. Definitivamente.
No tengo el gusto de conocer en persona a Alberto Vázquez-Figueroa; no me he acercado a su extensa obra literaria; sin embargo, qué placer tan enriquecedor escucharlo. Detenerse en sus palabras llenas de ideas, de anécdotas, de aventuras, de vivencias, de entusiasmo, de esperanza, de franca denuncia. Si tuviera la suerte de encontrármelo, por ejemplo, en cualquier pueblecito, mientras cae la tarde, o la noche, o la mañana, lo retendría en el banco de piedra; me sentaría a su lado; esperaría entonces como lo hacen los niños, con algo de impaciencia, a que poco a poco rompiera él mismo su silencio y me fuera explicando despacito cómo es eso de que el agua nos pertenece a todos y hay ingenios capaces de devolvernos la vida sin pagar por su avaro goteo; él lo ha visto, lo ha ideado en su cabeza, lo ha explicado otras veces, entusiasmado, con las manos extendidas generosamente.
Le preguntaría al rato, ya en confianza, por esos artilugios denominados redes pararrayos tan eficaces para evitar que los bosques, que no son nuestros, no sufran año tras año la voracidad de los incendios. Y me hablaría, seguro, del mar y de África y también de la sordera. Y lo escucharía con los ojos llenos de asombro y gratitud. Como quien recibe una lección que lleva años esperando...